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Silencio, por favor!

Es tan caro el silencio!

El silencio es un arma poderosa, contundente, demoledora a veces como el portazo de una puerta blindada.

Hay muchos tipos de sonido y un amplio rango de intensidades y de tonos, pero sólo hay una clase de silencio.

El sonido y el ruido han conquistado el mundo. Por doquier todo es ruido. Las personas parecen huir del silencio como del sillón del dentista. Allí donde se intuye que puede haber silencio enseguida se pergeña la forma para combatirlo y sustituirlo de inmediato por ruido.

Nos encanta cualquier dispositivo que expela sonidos. La gente camina por las aceras con auriculares, en el metro hay monitores de televisión, en los ascensores y en los aseos públicos hilo musical, cada cual lleva la radio puesta en el coche y hay altavoces por las calles emitiendo ruido, ruido, ruido.

Nuestros oídos están sobreestimulados. Si intentas refugiarte buscando el descanso del silencio, ya no lo conseguirás: tus oídos siguen vibrando, tu cerebro conserva el registro continuado del ruido, ya no está preparado para el silencio; oirás acúfenos, pitidos, zumbidos que ya no sabes si son reales o imaginados, si provienen de fuera o de dentro de ti o mitad y mitad.

En las conversaciones los argumentos se solapan. La voz de dos, tres o más contertulios se mezclan, se distorsionan, se convierten enseguida en un barullo ininteligible. En las casas mejor aún si hay un televisor encendido de fondo, aunque nadie lo esté viendo.

Tal vez uno de los factores para medir el grado de evolución (de falta de evolución) de una persona sea la cantidad de ruido innecesario que produce. La referencia bien podría ser un gato: cómo se desplaza, cómo se funde con el espacio que habita, cómo reposa serenamente si no hay motivo para intervenir.

La mayoría del ruido que hacemos es gratuito, innecesario, quizá motivado por la necesidad de llamar la atención del grupo en nuestra condición de seres eminentemente sociales, quizá por no ponderar el silencio como algo útil desde nuestra pragmática ceguera mercantilista, quizá tan solo por negligencia, por desdén, por falta de consideración.

Cuando paso consulta en Madrid, en el centro, el ruido es apabullante a pesar de contar con dobles ventanas. Es cierto que llega un momento en que ya ni te das cuenta, como el que vive al lado de la vía del tren, pero si te detienes un momento, el estruendo de sirenas, obras, música y tráfico te consterna.

El silencio, decía, es poderoso. Las palabras pueden ser más o menos afiladas, más o menos lacerantes, más o menos sibilinas, pero son evidentes, tangibles, desnudas. El silencio es un misterio. No sabes qué pensamientos alberga aquel que te mira a los ojos mientras permanece en silencio.

Es poderoso el silencio, sí, pero, mucho más importante: el silencio es paz.