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El plan divino.

Había una mujer negra, enorme, en la parada del autobús, con el teléfono móvil pegado a la cara y a cada poco repetía con su voz profunda cosas de este tenor: “sí, mi amol, dios gobielna toda la cosa, mi amol”.

Dios gobierna todas las cosas…

Me hizo pensar…

Al margen de la idea que tenga cada uno sobre dios, sobre su existencia o no; al margen de la relación que cada cual mantenga con él, o no; al margen del nombre que le apliquemos a ese inefable concepto de “algo superior a lo simplemente humano”, lo cierto es que nuestra vida está regida por un guión que se nos desvela de poco en poco, página a página, cada mañana al levantarnos, y apenas acertamos a barruntar que nos deparará la siguiente escena. Tanto si sentimos la necesidad de personificar y dar un nombre a ese alguien-algo que lo escribe como si nos es suficiente con pensar en él como el destino o, incluso, si preferimos no pensar en ello o simplemente aceptamos con dignidad y paciencia ese ingrediente de incertidumbre constante en nuestras vidas y eso no nos impide ir tirando para adelante, la cosa no cambia, ese “dios” gobierna todas las cosas y tiene las manos sobre la máquina de escribir y pulsa las teclas a su antojo.

En El violinista en el tejado (Norman Jewison, 1971), en la famosa secuencia musical “Si yo fuera rico”, Teyve el lechero (Topol) esgrime a dios con los brazos abiertos clamando al cielo: “Señor, arruinaría algún gran plan eterno si yo fuera rico?” (https://youtu.be/5i0v3W5CzX4)

Así es que estamos enfrascados en un problema, en uno más, a nivel personal o global, tal vez intentado buscar una solución a nuestra inminente debacle económica como Teyve el lechero, tal vez mirando las impresentables notas del niño, tal vez viendo en las noticias como rusos y turcos juegan peligrosamente a la escalada bélica… y somos incapaces de imaginar qué va a ocurrir, qué vamos a estar haciendo dentro de tres días, dónde, bajo qué condiciones, enfrentados a qué nuevas pruebas.

Enfermedades súbitas, accidentes, coincidencias rocambolescas que truncan nuestros planes, infortunios de todo tipo… todo cabe. También cosas menos desagradables, por fortuna: un nuevo amor, un trabajo interesante, un viaje, un telegrama anunciando buenas nuevas, un hallazgo científico esperanzador…

El guionista tiene una imaginación desbordante, sin duda.

Y la seguridad no estriba precisamente en intentar controlar lo incontrolable. La seguridad, sencillamente, no existe (si quieres que dios se ría, cuéntale tus planes). No disponer de la capacidad para poder leer ese guión no debería ser un motivo de estrés y frustración constante , sino que puede ser, más bien, la magia de la vida, la chispa, lo que nos mantiene interesados, por mal que lo pasemos, en seguir adelante con este viaje. Imaginas saber de antemano lo que nos espera, lo que va a ocurrir mañana, pasado, al otro?

Fuera del placer de charlar con los amigos delante de unas copas de vino, no parece servir de mucho cuestionarse o debatir sobre determinismo o libre albedrío. Cooperar incondicionalmente con lo inevitable, con lo real, con lo que acontece, ahora, aquí; eso es lo que más puede parecerse a la seguridad. Aceptar el plan divino: dios gobierna todas las cosas, mi amor (somos como hormigas al albur de un niño gigante que nos observase, curioso, despreocupado, risueño, con su peligroso dedo juguetón dispuesto a experimentar).

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