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Un libro.

No me importa el contenido de los libros que leo, sino el propio acto de leer. No hay nada como tener un libro entre manos, ojearlo, subrayarlo, olerlo, manosearlo… y, cuando el sueño nos vence, arroparnos con él dejando apoyado sobre nuestro pecho a Joyce, Kerouac, Pardo Bazán, Miller, Cervantes, Becket, Murakami, Follet, Bukowsky… o quién quiera que sea, brinda una sensación de regocijo incomparable.

No hay libro malo. Alguien empleó su tiempo y su ingenio en escribir esa historia, tal vez siglos atrás, y ese libro que ha esperado paciente durante años en la estantería, ahora se activa al abrir sus páginas y nos transmite, con la misma energía, toda su magia.

Y cada libro que leemos nos hace más grandes y fuertes; cada historia nos lleva a nuevas historias, nos insufla nuevas ideas, nos abre a nuevos caminos. El círculo es inagotable. El cambio es constante, inexorable, de consecuencias imprevisibles. Leyendo, somos personas en desarrollo continuado, de mente abierta, sin límites. Una mente abierta es la cualidad más deseable e importante en un ser humano.

Somos lo que vemos y vemos lo que somos. Piénsalo: qué ves cada día? A que te expones a lo largo de tu jornada? Qué entra en tu cerebro? Qué dejas que te influya, de qué te nutres intelectualmente, en qué cosas fijas tu atención? Estás en desarrollo o simplemente estás? Qué ves y qué eres?

Leer es un acto de introspección, de recogimiento. Se requiere atención, concentración, paciencia. Nos aporta serenidad, armonía, equilibrio, paz, al margen de las enseñanzas que extraigamos de la propia lectura. Es absolutamente imprescindible. Tanto que, me temo, marca una diferencia sustancial entre las personas.

Leer es como practicar un arte marcial. Nos forja, nos depura, nos estiliza. Con el tiempo arranca de nosotros las impurezas, devasta los filos cortantes, decanta la esencia librándonos de la morralla y la ignorancia. Nos pone delante de un espejo donde podemos vernos tal cual somos, sin maquillajes, sin imposturas, sin disfraces. Nos ayuda a liberarnos de nuestro ego.

Y somos afortunados: los libros siempre nos esperan. No tienen prisa, siempre están disponibles para nosotros, cuando los necesitamos.

Leer es pura mindfulness. El mundo externo se diluye y desaparece. Nos abstraemos, nos transportamos, nos desvanecemos en el aire. El fragor de la vida sigue su curso sin nosotros, por momentos. El universo al completo se manifiesta y nosotros somos parte integrante de él.

Un libro puede llevarnos a cualquier lugar y no me refiero sólo a la ambientación de su relato, sino a que la mayoría de las ideas capaces de cambiar nuestras vidas para siempre están esperando a ser descubiertas impresas negro sobre blanco en algunos de esos tomos que nos circundan por doquier cubiertos, tal vez, de polvo.

La humanidad progresa a base de escalar cada nueva generación sobre las ideas de las precedentes: Efecto trinquete. No te quedes al margen de la evolución. Abre los libros, tócalos, deja que te conozcan, empápate de ellos, sumérgete, lleva siempre uno contigo.

Con todo, hay cosas que no cambian. Hazme caso: lee.