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Tiempo al tiempo.

Benedetti: “Las emociones llegan y se van, son aves migratorias, y cuando vuelven, si vuelven, ya no son las mismas”.

El tiempo lo cura todo, se dice. Yo propongo ir más allá, intentar otra cosa: curarse hoy, ahora mismo, sin esperar a que los recuerdos se diluyan, sin esperar a que las emociones se marchen como aves migratorias…

Si admitimos que es así, que el tiempo terminará por hacernos más llevadero lo que ahora consideramos casi insoportable, estamos considerando como cierto que lo que nos machaca no es la realidad, sino lo que pensamos y sentimos sobre ella: cuando pensemos de otra forma nos sentiremos de otro modo, aún con la misma realidad. Por tanto, por qué no acelerar el proceso? Podemos controlar lo que pensamos?

En cierto modo sí. Los pensamientos son difíciles de elegir, pero sí podemos elegir a cuáles hacemos más caso y a cuáles otros dejamos de lado permitiendo que pasen como “aves migratorias”. Podemos retenerlos, alimentarlos y anclarlos en nuestros esquemas o podemos aceptarlos, simplemente, y dejarlos ir.

Existen dos velocidades en los procesos: una, la usual, donde las cosas pasan despacio, paulatinamente, como una semilla que germina y poco a poco, día a día, va dando lugar a una planta que crece prácticamente imperceptible a nuestros ojos. Aquí viene al caso lo de “tiempo al tiempo”. Pero hay otros procesos en el universo que no siguen esa regla, que no son progresivos, sino que funcionan como un interruptor de la luz, on/off, ya, en este momento, ahora mismo, un salto cuántico que nos introduce en otra realidad nueva.

Propongo intentar este segundo sistema en lo concerniente a la aceptación de la realidad y, por tanto, a la aceptación de las emociones y sentimientos que ésta nos suscita. Para qué esperar a que pase el tiempo si puedo hacerlo hoy, ahora, y por mí mismo? No se trata de intentar, vanamente, no experimentar ciertas emociones o no sentir ciertos sentimientos para no sufrir; no se trata de negar o de ocultar o de evitar; hablo de sumergirse, de dejarse engullir, de meterse en la vida hasta los dientes, de recrearse, pero siendo conscientes y aceptando cada gramo de realidad. Hablo de sufrir, cuando toca, y aceptar el sufrimiento.

Se trata de un ejercicio de madurez, de responsabilidad, de dejar de comportarse como un niño. Se trata de abrir los ojos y ver, precisamente, como un niño. Esa es la paradoja y la contradicción a salvar: ver como un niño y, a la vez, dejar de comportarse como un niño.

Paradójica y contradictoria: así es la vida.

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