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Soy una roca.

Un día de invierno,

En un profundo y oscuro diciembre;

Estoy solo,

Mirando desde mi ventana a las calles de abajo,

En un sudario silencioso de nieve recién caída.

Soy una roca,

Soy una isla.

He construido muros,

Una fortaleza profunda y poderosa

Que nadie puede penetrar.

No tengo necesidad de amistad; la amistad causa dolor.

Es la risa y el amor lo que desprecio.

Soy una roca,

Soy una isla.

No hablo de amor,

pero he oído la palabra antes;

Está durmiendo en mi memoria.

No quiero perturbar el sueño de sentimientos que han muerto.

Si no hubiera amado nunca habría llorado.

Soy una roca,

Soy una isla.

Tengo mis libros

Y mi poesía para protegerme;

Estoy blindado en mi armadura,

Escondido en mi habitación, a salvo dentro de mi ombligo.

No toco a nadie y nadie me toca a mí.

Soy una roca,

Soy una isla.

Y una roca no siente dolor;

Y una isla nunca llora.

Esta es la evocadora letra de I´m a rock, de Paul Simon y Art Garfunkel, publicada en 1965.

Qué más se puede decir? Quién no se ha sentido así alguna vez? La vida desde la ventana, en un otoño infinito, bajo la protección de los muros de nuestro refugio, como un animalillo herido y vulnerable, con el corazón convertido en roca para que no nos lo rompan más. La casa vacía y silenciosa, el teléfono mudo, un día igual que otro, el murmullo apagado del televisor en la sala en penumbra de al lado…

Es toda una experiencia… Pero pensar, imaginar o soñar es también una experiencia. Quiero decir que, en cierto modo, en alguna medida, nosotros elegimos qué experimentar y por cuánto tiempo. A veces vamos al cine a ver una película, un drama, que nos hará sentir tristes. En otras ocasiones elegimos ver una comedia, para sentirnos alegres y reírnos. La vida, como el cine, también ofrece drama y comedia. Nosotros elegimos en qué lado ponernos, cuándo, por cuánto tiempo. Es tentador dejarse llevar por sentimientos tan delicados y sublimes como los que evoca la canción de Paul Simon, es cierto, pero después hay que salir, dejarlos a un lado, volver arriba y abrirse al sol del nuevo día. Siempre hay un nuevo día, una nueva oportunidad. No estoy abanderando el optimismo vacío, pero tampoco podemos vivir de los recuerdos, anclados en el pasado, víctimas del victimismo.

Cuando te sientas así, está bien, recréate, disfruta de tu tristeza, de tu nostalgia, de tus lágrimas, como si hubieses pagado una entrada en el cine, pero después deja que la película se acabe y vuelve a la calle. Reinvéntate. La vida palpita y se renueva, aquí, a cada momento. Aquella experiencia ya no duele; son tus pensamientos sobre ella lo que duele.

Puede que seamos rocas, es verdad, pero mejor piedras rodantes, siempre en movimiento, para no acumular musgo ni polvo sobre nosotros.