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Psicoterapia y mediación.

La psicoterapia, entendida como una forma de ayudar a una persona con problemas emocionales mediante una relación personal, tiene mucho en común con la mediación. En ambos procesos, distintas cosmovisiones van a tomar contacto y van a verse influidas recíprocamente. Los esquemas mentales por los que nos regimos cada persona no nos permiten ver el mundo más que de una manera concreta; la entrada en juego de otras subjetividades con otros esquemas nos muestran otras perspectivas que pueden enriquecernos siempre y cuando estemos lo suficientemente abiertos al cambio.

Estos esquemas personales provienen de la interacción del “hardware de serie” con el que cada uno viene provisto al nacer, el sustrato neurobiológico, más las relaciones y experiencias que vivenciamos instante a instante hasta el momento presente, consciente o inconscientemente, como seres vivos. Son especialmente decisivas las primeras relaciones y estímulos tempranos, normalmente provenientes de nuestros padres; así, se espera de éstos que nos provean de cuidados, cariño, aprobación, respaldo, aceptación… Esto, en principio, redundará, si no fallan otras variables, en el desarrollo de una personalidad, en una forma de ser, susceptible de inclinarse hacia la flexibilidad, la coherencia, la sensación de plenitud, la estabilidad, la apertura hacia el cambio, la capacidad empática … En ambos procesos, psicoterapia y mediación, se requiere un cierto espíritu de negociación que esquemas mentales como los descritos facilitarán en mayor medida que otros más rígidos y estrechos.

Este “espíritu de negociación” común a ambas actividades, apela más a la capacidad de comprender profundamente al otro que a la habilidad de catalogar, diagnosticar, evaluar, corregir o sentenciar. Los hechos pueden ser objetivos pero la forma de percibirlos, interpretarlos y afrontarlos, la posición de cada uno respecto a ellos, difiere. Asumir estas diferencias, captar el mundo del otro, ponernos en su lugar, validar su experiencia y respetar su perspectiva puede ser fundamental si queremos empezar a tejer puntos de encuentro.

Así mismo, la ansiedad por ser útil puede ser la clave del fracaso tanto para el psicoterapeuta como para el mediador. Querer avanzar rápido proponiendo “soluciones”, en calidad de “experto” y sin la suficiente humildad para reconocer que los verdaderos actores del proceso son los clientes y que son ellos los que tienen los recursos y la capacidad para resolver el conflicto, parece un ingrediente suficiente para echar abajo toda la tarea. Querer imponer nuestros valores, por buenos que los consideremos, no es una opción. Otra cosa es que estos valores personales, fundamentales, sean transmitidos e inculcados a través de nuestra presencia y nuestra actitud y sean capaces de impregnar el proceso.

Por otro lado, tanto en mediación como en psicoterapia, creo que introducir cierta alegría, en la medida de lo posible, puede influir positivamente en el desarrollo de los acontecimientos. Relativizar la importancia del asunto, quitarle hierro comparándolo con otras facetas de la vida, transmitir a las personas que el sufrimiento y el conflicto son inherentes a la condición humana, hacer discretas autorrevelaciones bien traídas y con sentido del humor, etc., puede ayudar a normalizar la situación conflictiva y a establecer un clima de aceptación activa que facilite el procedimiento y haga más cómoda la interacción.

Por último, creo importante no perder de vista otro factor común a ambas disciplinas: para que un conflicto, personal o interpersonal, se solucione tiene que ser el “momento propicio” para ello. Si no es así, todos los esfuerzos serán en vano. Ni el mediador ni el psicoterapeuta disponen de una varita mágica y la posibilidad de no llegar a buen puerto no debe frustrarnos en ninguna medida, ni al cliente ni al psicoterapeuta o mediador.

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