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Me quiero separar.

La vida, de por sí, es complicada. La convivencia, a menudo, es un ejercicio difícil de equilibrismo. Vivir en pareja es, casi siempre, un auténtico reto. Digamos, como suele decirse de la democracia, que es la menos mala de las opciones.

Al principio, cuando sólo compartes esporádicos ratos de ocio, la cosa es bien diferente, todo es fácil y divertido; pero cuando vives con alguien bajo el mismo techo, cuando te unen no sólo planes de viajes de fin de semana, cenas en restaurantes italianos con vino y rosas y apasionados encuentros amorosos a la luz del fuego, sino que también se ponen encima de la mesa hipotecas, facturas de colegio, averías de coches, problemas laborales… cuando se está hablando de llegar a fin de mes, de educar a unos niños, de limpiar una casa, de hacer acopio de víveres, de poner el lavavajillas, de hacer la comida, de sacar la basura cuando vuelves del trabajo, derrengado, abatido, cada día, por el resto de tu vida… Cuando te toca compartir el baño, los resfriados, la menstruación, las cremas depilatorias, los dolores de espalda, la ocena matutina, los gases intestinales… cuando no te queda otra que ser testigo y parte de los efectos del paso del tiempo, las arrugas incipientes, la alopecia, las ojeras, la decrepitud inexorable… cuando compartes también temores, disgustos, decepciones, discusiones, malos ratos, momentos de bajón, de mal humor… la cosa cambia. Nada parece estar a favor de la pareja, todo juega a la contra.

Entonces, en ese contexto, a veces, la tendencia natural e incorregible al abismo que todos llevamos dentro en alguna medida, sale a la superficie, brota como el magma de un volcán que llevaba años dormido… Empezamos a ver a nuestra pareja con reserva, desde una cierta distancia, como si fuera un extraño que nos hubiese robado nuestros mejores años, que nos hubiese engañado, que nos hubiese embaucado como un ilusionista… comenzamos a fijarnos y a subrayar cosas que antes nos pasaban inadvertidas… vemos nuestra vida como una película irreconocible que proyectan en una pantalla, a unos cuantos metros de nuestros ojos impávidos… recordamos, de súbito, cómo eran nuestros días de soltería, sin compromisos, sin obligaciones apenas, nada más que el resto de la vida por delante bajo un cielo azul para hacer a cada momento cualquier cosa, todas las cosas, cualquier propuesta que nos surgiese en el camino, sin nada que ganar, sin nada que perder…

Así que nos acostamos una noche y nos quedamos pensativos, cada uno en su lado de la cama, separados ambos por un abismo de treinta centímetros de colchón, iluminados sólo por las luces grises y azules del televisor programado para apagarse en sesenta minutos, arrullado el silencio de la habitación por el murmullo ininteligible del late night, con una sensación profunda, vasta, oceánica, de vacío y parece que es el día, la noche, más triste de nuestras vidas…Dónde quedaron todos mis sueños?

Entonces puede ser que nuestra actitud cambie y la pareja entre en un círculo de pérdida: yo me comporto de otro modo (ahora soy uno, ya no somos dos) y, como consecuencia, mi pareja también cambia de actitud (en la misma dirección pero en sentido inverso).

A partir de ese punto las cosas ya no paran de empeorar: el respeto, la confianza y la cooperación van desapareciendo paulatinamente. El trabajo en equipo no funciona, la casa se echa encima, los problemas se multiplican y los reproches se instauran como el único “medio de incomunicación”. Cada uno piensa ya en clave personal y no ve en el otro sino a un enemigo. El motor se ha parado. Los planes son individuales y, aunque aún no se habla de ello, el futuro ya se presume por separado: se trata de ganar o perder, de tonto el último, de sálvese quién pueda… El barco se hunde.

Para entonces ese amigo abogado que en el colegio parecía no enterarse de nada pero que ha resultado ser muy listo, nos ha sentado ya una tarde en su despacho y nos ha dibujado muy bien cual debe ser nuestra estrategia. El círculo íntimo de cada uno también entra en juego: toma partido, aconseja y consuela con la mejor de las intenciones. Todas las bondades y virtudes de la otra persona que nos enamoraron un día, no hace tanto, parecen haber desaparecido; sólo quedan los defectos, los vicios, las manías, el egoísmo, la pereza, el fracaso… un cenicero sucio lleno de colillas.

En ese “momento de subidón”, fortalecidos por el respaldo de “los que de verdad nos quieren”, alentados por las perspectivas de “libertad”, nos preguntamos, asombrados, cómo hemos podido aguantar tanto tiempo en esta situación inaceptable. Ahora lo vemos todo claro, ahora nos hemos quitado, por fin, la venda de los ojos. Maldita sea, cuánto tiempo perdido en este viaje sin sentido!

Tal vez más tarde, pasada la euforia, el escenario parezca algo distinto: puede que sintamos el vértigo de pensar que ya no hay marcha atrás, que la suerte está echada, que nos encontramos solos y llenos de temor en medio de una encrucijada incierta, solos y vacilantes ante el precipicio de tener que empezar de nuevo, solos y paralizados ante la fotografía inequívoca del naufragio de nuestra vida, con todos los planes rotos, … y sin embargo…

Y sin embargo… todo es tan relativo!

Los éxitos, los fracasos, los defectos, las virtudes, el amor, el odio, lo bueno y lo malo, nuestros deseos y nuestros planes, la libertad… es todo tan relativo, tan mudable, tan confuso…

Las personas solemos funcionar como el péndulo de un reloj: estamos a un extremo o al otro, pero no sabemos permanecer en el medio justo. Casi nada, nada, es blanco o negro.

Si pudiéramos elevarnos a un balcón y ver todo, toda nuestra vida, desde cierta perspectiva, no como una sucesión de hechos aislados, sino como un conjunto cohesionado de experiencias, de vivencias, dentro de un universo inconcebiblemente gigantesco… Nuestros días de juventud, nuestro noviazgo, nuestros hijos, los buenos y malos momentos de cada etapa, los sacrificios, las alegrías… el amor desinteresado, puro, silencioso, que nos inspiró en muchos gestos, en muchas cosas…

De manera estúpida, tendemos a desear aquello que no tenemos. En el fondo nos da igual que sea mejor, nos basta con que sea nuevo. Habitualmente nos equivocamos.

Sepárate e inicia una nueva vida si es lo que crees mejor, no constituye ningún fracaso en absoluto. Pero antes, súbete al balcón y mira. No te empecines, no seas ciego, no actúes como un niño caprichoso, egoísta e ignorante. No reclames, no pidas, no exijas. Al contrario: da tú, ofrece tú, pon el hombro tú. Aprende a disfrutar de todo lo que tienes, de los tuyos, de tu hogar… Aprende a disfrutar de educar a los niños, de limpiar la casa, de ir a la compra, de poner el lavavajillas, de hacer la comida, de sacar la basura… Comprende que es un don y un privilegio. Comparte la cama, la mesa, el late night. Comparte las risas y los llantos, las buenas noticias y los palos. No te quedes tirado en el sofá frente al televisor, no te cosifiques, no te quedes al margen de nada; todo eso es la vida, tu vida, métete en ella hasta los dientes. Y no lo hagas por nadie; es sólo por ti. Se llama Amor y es el camino inteligente.

La felicidad no está en ningún sitio fuera de ti. Está dentro de ti.

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