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Inteligencia.

Cómo harías para bajarte de un tren de alta velocidad en marcha?

Nadie parece saber contestar cuando hago esta pregunta. Unos dicen: es imposible. Otros guardan silencio estrujándose el cerebro en busca de una solución complicada. La respuesta no puede ser más sencilla: abres una puerta y saltas. Sí, es cierto, al hacerlo así perderás la vida pero la pregunta no contenía ninguna premisa al respecto.

La inteligencia no puede medirse. Se pueden medir tus resultados en ciertas pruebas de aptitud verbal, numérica, de percepción espacial, de memoria… pero, es eso que miden los tests la inteligencia? Qué inteligencia? La inteligencia académica? Es esa la naturaleza genuina de la inteligencia? Se puede aprender a ser inteligente? Inteligente en qué? Para qué?

El CI, cociente intelectual, resulta de la división entre la edad mental de una persona, en virtud de los tests, y la cronológica, multiplicado luego por cien. La puntuación media de la población es cien y a partir de valores superiores a 130 o 140 se considera a la persona superdotada. Sin embargo, no has estado nunca delante de alguien tan inteligente que parecía necio? Está la inteligencia separada de la emocionalidad, de la motivación, de la moral, de las habilidades sociales, de la cultura, del status social, del ambiente educativo…? Igual que para ser bueno se requiere querer ser bueno, para ser inteligente se precisa querer ser inteligente, querer conocer.

Como dice Ken Robinson, la pregunta no debería ser cuánto de inteligente eres, sino cómo eres inteligente.

En ocasiones, tras algún razonamiento intelectual que a mí me parece un hallazgo, he sentido que soy un tipo bendecido con el don impagable de la inteligencia. Otras veces, después de haber metido la pata de la manera más zafia, me he sentido estúpido y he pensado que mi mente es roma y mi cerebro poco esponjoso. Este contraste me gusta. Me gusta decir que todos somos inteligentes y estúpidos, depende del momento, del contexto, del lugar, de la motivación, del tema de que se trate, de nuestras expectativas, de las personas con las que interaccionamos, de lo descansados que estemos, de nuestro estado de ánimo.

De verdad que no sé qué es la inteligencia ni pretendo acotar el término. Sólo hablo de lo que experimento cuando estoy cerca de alguien que yo considero inteligente. Esa persona es capaz de crear algo nuevo, algo que no existía antes, a partir de sus percepciones. Escucha, ve, interpreta esa información, la elabora, la reconstruye mezclándola con su información previa, con su intuición, y devuelve un nuevo producto, inédito. Éste puede tomar la forma de un plan, una propuesta, un chiste, un comentario ingenioso, una solución alternativa a un problema, una idea o, simplemente, un gesto, una mirada, un silencio cómplice. Las posibilidades son infinitas para la persona inteligente. Los límites siempre tienen una falla, los laberintos siempre una salida. Donde los demás sólo vemos un muro, la persona inteligente ve un hueco.

Creo que la primera consigna para ser inteligente es querer ser inteligente. Leer, escribir, escuchar, asociar ideas, guardar silencio, apagar la televisión alguna vez, ser flexible, tolerante, no decir que no por adelantado a nada, abrir los brazos, los oídos, los ojos y la mente para dar cabida a todo. No hace falta ser capaz de resolver problemas arcanos, ni saber jugar al ajedrez a ciegas, ni puntuar por encima de cien en ningún test. Ser inteligente puede ser una actitud, un estilo de vida.

Para ser bueno no hace falta ser bueno; basta con comportarse bien. Entrena el atributo y crearás el rasgo.

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