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Divisa.

Hace muchos años, un amigo mío, guitarrista de rock aficionado y admirador de Sting, me dijo sobre él: “es un bajista soberbio; si puede tocar una sola nota, mejor que dos”.

Íbamos en el coche en un largo viaje nocturno sin destino definido, escuchando cintas de The Police, y yo permanecía atento en la oscuridad siguiendo las notas del bajo y me parecía acertado el comentario, tocaba sencillo pero contundente a la vez; no parecía faltar ni sobrar nada.

Esto es: tanto como sea necesario; tan poco como sea posible.

Desde entonces, tal principio o divisa me parece oportuna y útil en casi todo contexto y momento de la vida y desde que me crucé con ella durante aquel viaje, intento aplicarla siempre y, al cabo de los años, me he dado cuenta de que es lo que suelo hacer como norma general (toda norma tiene excepciones).

La primera parte es maravillosa: tanto como sea necesario; es decir: no hay limitación de recursos ninguna para conseguir los objetivos marcados, lo cual garantiza en gran medida la consecución de los mismos. La segunda parte cierra el círculo genial con un corolario de eficiencia: tan poco como sea posible. Si basta una nota para qué aplicar dos, si son suficientes dos, para qué usar tres,…

Ya he dicho otras veces que el ejemplo perfecto de aplicación de este principio es un gato: cuando reposa lo hace en perfecta paz, como si meditara, como si tuviese la mente en blanco y el cuerpo en relajación total. Si no es preciso moverse, no se mueve. Ahora bien, cuando entra en acción es absolutamente expeditivo, lo hace con todo su ser, sin albergar dudas, sin vacilar, con todo lo necesario para cobrar su objetivo. Puede ser suave como una pluma y también sabe ser tajante como una ametralladora.

Pienso en cuán a menudo los humanos actuamos justo al contrario: bruscos y toscos cuando no procede y vacilantes y temerosos cuando justo se precisaría lo contrario. Hay mucho que aprender, por tanto, y mucho que entrenar. No me resulta difícil imaginar lo distinto que sería el mundo si todos aplicásemos más este principio…

Dice el adagio popular que quién no es capaz de entender una mirada, probablemente tampoco va a entender una larga explicación. Todo queda dicho, pues.

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