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Cosas que aprender.

La Naturaleza, el Universo, son perfectos en su propia contradicción: no existe día sin noche, ni alegría sin tristeza, ni vida sin muerte. Las leonas acosan, derriban y dan muerte a una jirafa en la sabana. Es horrible y es maravilloso a la vez. Es la danza de los complementarios, el ying y el yang, el círculo eterno de la vida.

Nuestra tarea es abrir los ojos a esa realidad y aceptarla activamente, dejando a un lado nuestras ensoñaciones pueriles, nuestros deseos y nuestros temores.

Es estar atentos, despiertos, despojados de todo ego, conscientes de que somos polvo de estrellas, parte del fluir eterno del Universo y del Amor infinito que lo mueve.

Vivenciar cada experiencia que nos llega, recrearnos en ella al margen de valoraciones, análisis o interpretaciones y sentirnos agradecidos por ser los protagonistas del juego.

Escuchar a los demás, y a todo lo que nos rodea, profundamente, con el deseo sincero de comprender y aprender de ello, sin estar ansiosos por que callen para poder retomar nosotros la palabra.

Ceder y unirnos al movimiento, al momento, al presente.

Identificar los aprendizajes erróneos que ya no nos son útiles y sustituirlos por otros más adaptativos.

Aprender, cuando toca, a estar en soledad, centrados, en silencio, inmóviles, sosegados, sin teléfono, sin ordenador, sin televisión, y no tener la sensación de estar solos o perdiéndonos algo indispensable.

Comprender que la libertad es aceptar la realidad tal cual, fuera de miedos irracionales, deseos fatuos o sentimientos de nostalgia.

Hacernos conscientes y responsables; dejar de ser niños y madurar como personas.

Aprender a tomar las cosas tal cual vienen, con humor y con amor, con la valentía de aceptar nuestros temores, nuestros puntos flacos, nuestras luces y nuestras sombras.

Aprender que no hay fracasos ni errores: sólo resultados.

Aprender que nadie tiene la culpa de lo que nos pasa: la vida no es una sucesión de hechos agradables. A veces toca reír y a veces llorar, y nada es mejor ni peor.

Activarnos y enfocar nuestros recursos hacia cosas significativas y valiosas.

Tomar decisiones con el cerebro y con el corazón, desde nuestros valores y principios, no movidos por las circunstancias puntuales o por la deseabilidad social.

Hacer lo que tenemos que hacer, independientemente de nuestro estado de ánimo.

Ser amables con los demás, con todos y con todo, y también con nosotros mismos. Aceptarnos incondicionalmente, cuando lo hacemos bien y cuando no lo hacemos tan bien... Si aceptamos la parte tenemos que aceptar el todo.

Dejar de quejarnos, de echar la culpa a los demás, de autocompadecernos, de justificarnos. No sentirnos mal si alguna vez nos quejamos, echamos la culpa a los demás, nos autocompadecemos o nos justificamos.

Marcarnos objetivos realistas e importantes y ser conscientes de nuestras infinitas posibilidades.

Abrir nuestra perspectiva, cuestionarnos nuestros esquemas, flexibilizar nuestra mente, despojarnos de lastre innecesario.

Centrarnos en aquello sobre lo que tenemos capacidad de control y no preocuparnos por aquello que no depende de nosotros.

Ampliar nuestro círculo de relaciones, ofrecernos, tender la mano, estar siempre presente...

Equilibrar todas las facetas de nuestra vida en las que representamos algún rol: familia, trabajo, estudios, amigos, salud, divertimento,... El éxito en un área no compensa el fracaso en las demás.

Dar importancia al tiempo: a menudo las cosas se colocan solas en su sitio.

Aprender que los hechos nos hablan: sólo hay que permanecer en silencio, sin interferir...

Convertirnos en aprendices de samuráis, esto es, en definitiva, fluir en el mismo sentido del Universo.

Aprender que siempre hay que aprender.